Si las cucarachas supieran leer

Magaly Monserrat 

Revisó la última página de lo que parecía el texto más prometedor de, hasta ese momento, su desconocida carrera literaria. Se consideraba poseedora de un talento amplio, la narrativa era lo suyo, intentó con la poesía antaño, pero la abandonó cuando un maestro, en son de broma, le dijo “Los poetas son unos inútiles, unos flojos incapaces de completar siquiera un renglón”. Bromeaba con ello, no poseía ni por equivocación el talento necesario para armar un verso contundente.

 

Alejandra se levantó de la silla y dejó la laptop abierta sobre el escritorio, fue a la cocina por un vaso lleno de Coca-Cola, miró los trastos sucios, un par de cucarachas se encaminaron contrarias a ella. Intentó no verlas, pero su gesto de repulsión fue instantáneo.

 

Tenía quince días sin salir de casa y sin que nadie entrara en ella. Ni doña Estelita y la estela de limpieza tras su paso cada tercer día entraban. Por indicaciones oficiales los habitantes de casi todas las naciones no salían de su hogar. El mundo que conocieron cambió y no existía posibilidad de retorno. Estaban ahí en sus ratoneras, atrapados en sí, en sus infiernos, con sus demonios más ardientes que nunca.

 

Algunas de sus amigas se cuestionaban la maternidad, otras sus matrimonios, otras lloraban su soltería, otras no aguantaban a su madre, padre, hermanos, algunas más su sexualidad. Ella no tenía problema, hacía tiempo se había aceptado con todos sus defectos y los abrazaba sin esperar cambiar, ya ni siquiera hacía ejercicio para perder peso o marcar la cintura ni se teñía el cabello. El tiempo le ayudó a poner cada cosa en su sitio, los ochenta mil pesos invertidos en terapias, también. 

 

Debido a un virus resistente y mortífero, más fenómenos naturales incontenibles, los países se tornaron paisajes apocalípticos. Si el dichoso temita duraba más de la cuenta, las vacaciones de Alejandra se arruinarían; al menos no era inmediata la fecha, aún daba espacio para finiquitar la pesadilla. De los sitios con mayor afectación por el virus ella había ido a casi todos, le faltó uno, lamentó ser tan orgullosa y no haber aceptado la invitación que le hizo un exnovio a ese lugar. Ni hablar, ya no fue. Ahora le preocupaba más el colapso de la economía del país en el cual gustaba de comprar su ropa, y que, después de esto, los precios se tornaran inalcanzables para una simple clasemediera. De inmediato, y antes de que se dispararan los costos, buscó en internet páginas con stocks disponibles de prendas básicas, jeans, perfumes, zapatos, ropa interior, blusas blancas, suéteres, gafas de sol, bolsos del diario. Le alegró ver los montos sin aumento. Hizo un pedido por Amazon, el paquete estaría en su buzón aproximadamente de cinco a siete días, con suerte tal vez antes.

 

De nuevo fue a la cocina, esta vez preparó un capuchino, intentó no dar atención a las inquilinas que merodeaban sus trastes; al fin el asco y la repulsión no eran mayores a su pereza como para lavar los utensilios y remover los restos de comida. 

 

Despacio y al sentir la caricia de la espuma en el labio superior reflexionó acerca de lo escrito momentos antes. Sintió vergüenza. No por el escrito, no, era por ella. Su texto versaba, grosso modo, sobre lo que la literatura o el proceso escritural salvaguardan. Era la historia revelada de una mujer a su esposo a través de cartas, en ellas escribía relatos sobre su infancia en un pueblo que sepultó una tormenta, vaya, un libro dentro de otro libro, sin embargo, la mujer dejaba testimonio de su pluma a través de esas cartas guardadas y ordenadas para ser leídas sólo hasta su muerte. ¿Por qué este proceder?, una psicología compleja y no. Alejandra justifica a su personaje escondiéndola tras marcados roles de género propios de su edad. Lo importante era la narrativa ágil, los paisajes descritos, lo que prevalece, lo que siempre existirá a través de las letras, el testimonio de quién fuiste, de quiénes fuimos. Ahora mismo reflexiona, ¿quién estará aquí para testificar quién fuiste? Se carcajea, cínica se responde, «Las cucarachas, vaya, si supieran leer, si las cucarachas supieran escribir. No. Más vale que no, ya no estaríamos nosotros aquí. O tal vez serían las dueñas de este departamento y de mi querido Chenty».

 

Se sintió avergonzada y de momento hasta se odió, el mundo podía acabar y ella estaría en Amazon de compras. «¿Si salimos de esto, acaso no puedo usar la misma ropa?, ¡vaya que soy imbécil!”, se sintió incómoda toda la tarde. Sus maneras neoburguesas no coincidían con su cuna humilde. Pero fue un proceso global, pensó, “Mis padres también vencieron su condición, toda la familia lo hizo, soy producto de ese avance».

 

A la mañana siguiente no pensó más en el tema, un picor en la garganta la hacía carraspear, tosió; de dieciséis cambió el aire acondicionado a veintiún grados centígrados, tomó su Kindle y leyó la novela premiada del momento. Pese a las constantes sacudidas por la tos, avanzó doscientas páginas. Al mediodía, se preparó una baguette, los trastos seguían ahí como una instalación de arte en el fregadero. 

 

Alimentó a Chenty, su adorado maltés, él comió y se volvió al recibidor a echarse sobre el tapete y a mirar por la ventana. Ese perro adoptó el carácter de su dueña, independiente, no era para nada un faldero, de cuando en cuando un lengüetazo de agradecimiento y hasta ahí. 

Alejandra, descalza, sintió el piso helado, tosió, después un escalofrío, tomó miel con limón para aliviar la irritación de la garganta. Subió de nuevo a su recámara y un sopor la venció por varias horas. Despertó con el cuerpo cansado, el pecho adolorido, el malestar de garganta avanzó. Tosió de nuevo, pensó en salir a alguna clínica, pero eso sería un posible foco de infección y ella sólo tenía tos y una irritación por el aire frío. Gozaba esa necia costumbre, convertir la recámara en una congeladora, luego taparse con una frazada ligeraysuave. Ir a la farmacia sería un acierto, pero lo más probable es que, como siempre, la carraspera se pasara sola, nunca tenía grandes complicaciones respiratorias, no recordaba siquiera la última ocasión que una gripe la tomó como rehén. Durmió otro rato, ya en la noche trabajaría de nuevo el texto, un café cargado más las horas de sueño durante el día la ayudarían a estar en vigilia. Puso la alarma dos horas después, a las ocho pe, eme. 

 

Cuando el celular sonó, apenas lo escuchó, sonó varías veces y vibró. No tuvo fuerza de tomarlo y buscar el botón para hacerlo callar, en vez de eso, molesta por la insistencia, movió su mano sin control y lo dejó caer, el aparato cayó y calló. Le sobrevino una tos seca, le golpeaba el pecho, así estuvo por algunos cuarenta minutos. Al sentir alivio durmió.

 

Despertó a la mitad del día siguiente, la tos la hizo sacudirse intempestiva, no tenía hambre, la tos, otra vez la tos. La fiebre le recorría el cuerpo, alcanzó con la mano temblorosa un vaso con agua, se mojó los labios, gotas de sudor mojaron su frente, otras su espalda, el frío le corroyó los huesos. Se incorporó para dar un trago más sustancioso al agua, lo escupió por la tos, luego sostuvo con las dos manos el vaso, le pesaba como si levantara una montaña. Exhausta, lo regresó al buró, del cajón sacó un ungüento y se lo puso en la nariz, frente y pecho, remedio infalible de las mamás y abuelas para todo mal. Respiró ese aroma penetrante, lo advirtió en sus pulmones y un aire renovado la hinchó, de momento sintió alivio, le dio fuerza para levantarse, ir por la computadora y llevarla a la cama. Aún sobrevivía un pequeño trozo de baguette sobre su escritorio y lo mordisqueó. Sus dedos tropezaban con las teclas como un cervato por una calle empedrada. No construyó un solo párrafo coherente. En su delirio febril recordó a las cucarachas y a Chenty. Ese perro debería estar entrenado para ir a la farmacia y las cucarachas para escribir en laptop y ser correctoras de estilo, a ese paso jamás terminaría su texto. El jugo gástrico le jugó una pasada y la hizo vomitar el pedazo de pan, en las penumbras de la habitación el jamón serrano parecía escarlata, por mera curiosidad encendió la lámpara. Yo como buena partícula de polvo, que tenía años en ese departamento, desde que ella me introdujo a través de la suela de sus zapatos, me quedé inmóvil, sin flotar más, imaginaba el desenlace.

 

Un charco de sangre rodeó los mendrugos, Alejandra tuvo miedo, quiso llamar a su madre, pero vio su aparato telefónico ahí, abierto del otro lado de su cama, lo armó, pero no encendió. La fiebre seguía. Supo que no era tan afortunada, al igual que sus amistades, ella también estaba en su infierno. 


 

***

 

El tiempo se mide no sé en qué, no sé cuánto tiempo pasó y qué fue de los demás. Yo vengo de otras eras y ahora no sé en cuál estoy. ELLOS, tampoco sé quiénes son, de dónde vienen o cómo se llaman, tampoco podría describirlos. De pronto desperté o me despertaron. Ahora que hay movimiento frente a mis ojos en el departamento de Alejandra, tengo la opción de salir por la ventana recién abierta, pero no lo haré, me quedaré con ella más allá de su final, además estoy desconcertada. ELLOS entraron con facilidad al departamento, sin forzar ninguna puerta, dueños del mundo. No sé qué pasa afuera, pero aquí, Alejandra se convirtió en una mancha, sus cabellos permanecen sobre la cama, abajo en el piso aún fosforece el carmín de su sangre. Más allá, en la sala bajo el marco de la ventana, también sobrevive el pelambre blanco y lustroso de Chenty. En los estantes, los libros de Alejandra, su computadora y el Kindle en el escritorio, la laptop en la cama, el IPad en el buró, el celular a medio armar encima del tapete.

 

ELLOS revisan con movimientos acompasados, no tienen prisa o no lo sé, son nuevos en mis registros, desconozco su actuar. No sé si son ELLOS o ELLAS su fisonomía me parece andrógina, es confuso el asunto y vaya que he visto a través del tiempo muchas formas de seres. 

 

Me acerco a la ventana para reconocer a Chenty, miro hacia afuera, no quiero perder detalle sobre ELLOS, pero necesito mirar. Observo lo que presentí, ninguna persona camina por las calles o banquetas, ningún animal se pasea; sola la naturaleza siguió su curso. Hay árboles, las casas siguen en pie, se ven desteñidas, pero desiertas de personas y animales domésticos.

 

No pasó tanto tiempo, creo, aunque no sé cuánto no es tanto desde que feneció el último humano, para que ELLOS ya estén aquí en exploración. 

 

Vuelvo a ELLOS, ¿será qué ahora narraré lo que ELLOS sean, hagan o digan? No escucho algún vocablo, no veo un gesto, apenas se mueven y no sé cómo describirlos, sólo como andróginos, pero hasta ahí, de color… mmm ¿transparente?, con ojos sí, con boca, una cosa algo parecida, extremidades sí, pues es una forma de vida. Si Alejandra hubiera escrito o leído de ciencia ficción, zombis y aparecidos, esto sería más fácil. Pero ni siquiera leímos sobre la extinción de los dinosaurios y la aparición del hombre en la tierra, vaya escritora la tal Alejandra. ¡Bah!

 

ELLOS siguen con sus pasos parsimoniosos, tocan el cabello de Chenty, lo acarician, abren la ventana y lo tiran, el aire corre hacia adentro, el pelo cae sobre la sala, Chenty no quiere irse. Dejan de lado el experimento. No les interesa más. Van a la cocina. La instalación de arte sobrevive a la hecatombe en el fregadero, es una pila de sartenes, platos, vasos y tazas con un micro universo cubriéndolo, las cucarachas le sacan la vuelta. Hiede. Ellas permanecen, se pasean como patronas, no se agobian, tal vez les abrieron la puerta a ELLOS y les mostraron dónde está cada cosa, Alejandra las subestimó. A lo mejor hasta poseen la escritura del departamento. «Si las cucarachas supieran leer», anheló. Si pudieran, ellas darían su versión de los hechos. Ellas contarían la historia, serían las vencedoras. “La historia del mundo según las cucarachas”. Se enunciarían así las enciclopedias en las bibliotecas ¿Qué mundo sería este? ¿Uno al que, al explotar, le sale mostaza de las entrañas? Es más fácil que las partículas infinitas de polvo tengamos conocimiento del principio de los tiempos.

 

ELLOS se acercan a los aparatos electrónicos, desbloquean el celular, las conversaciones del WhatsApp aparecen proyectadas en la pared, buscan algo, no sé qué, miles y miles de palabras aparecen, fotos y más fotos, Alejandra se ve feliz en ellas, hay varias con Chenty, con sus padres y una con un hombre con el cual tenía promesas de amor después de superar el encierro. Nada de eso les interesa. Tal vez la vida cotidiana no es digna de estudio, si es que interpreto correcto sus trabajos. 

 

Toman el Kindle y el IPad, se rascan la cabeza, meten el dedo por donde cargan ambos dispositivos y al parecer transfieren la información con sus dedos y lo almacenan en su antebrazo, nunca vi películas, ni leí ciencia ficción, seguro debe ser eso, no poseo una imaginación prolija, soy polvo como todo.

 

Llegan a la computadora y a la laptop, son cuidadosos con ellas, realizan el mismo procedimiento, extraen la información. No sé si al entrar a su sistema se traduce en un código nuevo, supongo. Sentados y con la templanza que los caracteriza desde que me sorprendieron, examinan la información. No emiten gestos de ningún tipo, pero se ven interesados, lo que escribió Alejandra siempre fue bueno, si leen su último texto les fascinará la agilidad y color de su prosa. La escuché muchas veces en voz alta. 

 

Si ella contemplara esto sería feliz, aunque un tanto frívola, tenía dedicación, sus textos al fin traspasaron fronteras y mundos, lo logró. ¿A qué más puede aspirar el autor? Lástima. La gloria siempre llega tarde. 

 

Se levantan y se van, no sé qué harán después, supongo que lo mismo en otras casas y después, al final del día, ¿qué hacen?, ¿tendrán alguna reunión donde expongan sus hazañas?, ¿alguna bitácora donde escriban sus crónicas o cartas de relaciones con otros mundos?

 

Yo supongo que lo escriben, quiero creer que escriben, tengo fe en que escriben. No sé en qué código o en qué idioma, o si es con un pequeño láser al paso de una estrella fugaz, o en algún meteoro que, al impactar sobre un espacio determinado, reproduzca lo inscrito. No sé si en alguna luna que no conocemos, sobre un río seco, sobre corales en la profundidad del océano; para asegurar, el día de mañana, a otros, no sé a quiénes, que esto, todo lo que ya no conocerán, alguna vez existió. No sé si se percataron de mi presencia, soy minúscula, tal vez sí, porque tal vez ellos ven hasta donde los humanos no y tal vez me incluyan o me desaparezcan en sus crónicas, quiero que me nombren para existir siempre de aquí a allá, en todas las eras, en todos los sueños, en todos los cuerpos, en todos los universos, para llegar un día a otra casa pegada a los pies de alguien y estacionarme ahí por un buen rato. O tal vez ya no exista como tal y me den un nombre mejor, tal vez por ahora llegue hasta donde tope la última letra cuando aparece la palabra fin o hasta cambiar la página o el curso de la historia. 




 

Magaly Monserrat

Cd. Victoria, Tamaulipas, 1982. Licenciada en Ciencias de la Comunicación (Universidad Autónoma de Tamaulipas), con Maestría en Política y Gobierno (COLTAM) y estudios de Maestría en Literatura y Creación Literaria (Casa Lamm). Ha tomado talleres con: David Toscana, Héctor Carreto, Orlando Ortiz, Mauricio Montiel, Jair Cortés, Dionisio Morales, Graciela González Blackaller, José Luis Velarde, Alfredo Marko, Patricia Laurent Kullick, Juan José Rodríguez Renato Tinajero y Guillermo Vega Zaragoza. En 2005 recibe el premio estatal de literatura juvenil “Juan José Amador” en el género de Poesía. Cursó el diplomado en “Creación Literaria” del Instituto Nacional de Bellas Artes en coordinación con el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (2012), así como los módulos de especialización en novela y cuento del mismo INBA. Ha publicado los libros de cuentos Las voces (ITCA 2015) y La legión de los obsesivos (ITCA 2020).