Temor

Claudia Alonso

Abro los ojos y la veo.

 

Ese vacío en la pared es como el miedo a la ausencia de su memoria. He pensado colgarle un cuadro, pintarle un mural, plasmar un poema o un fragmento de un libro. No lo he hecho.  La observo y las imágenes me atormentan. 

 

No puedo evitar hacer la analogía con su memoria. 

 

Sé la historia de que tuvo complicaciones en una operación. Los médicos le dejaron mal colocados los intestinos y casi muere. Me ha contado muchas veces cómo fue que vio la luz, se dejó ir. También repite que no siente remordimiento porque en ese momento no pensó que abandonaba a sus hijos, en mi caso, a meses de haber nacido. Un pinchazo en el dedo la regresó a la vida, pinchazo que me ha regalado su compañía por más de tres décadas, hasta ahora. 

 

Sé que como consecuencia de ese incidente tardó mucho en poder volver a comer de forma normal. También sé que se desorientaba, se perdía en las calles. Algunas veces la acompañé en la peripecia de encontrar una dirección: caminábamos horas buscando. Íbamos y veníamos como pelota de pinball. Al fin reconocía algo que la orientaba y dábamos con nuestro destino.  

 

Lo superó.  

 

Pero, ahora pasan otras cosas, por ejemplo, olvida cómo manejar el celular. Tuvimos que repasar los pasos: enciende, coloca la clave. No. Esa no es. Recuérdala, pícale para que salga el teléfono. ¿Y los números?, a ver, ¿a dónde le picas para que salgan? Urge esa llamada. Si no ves mueve el indicador de la luz. Desliza el dedo así. 

 

Un día pasa. 

 

Al otro vuelvo a repetir todo el ritual de indicaciones; pasan los meses y no las aprende.  La tecnología no es lo suyo. Me desespero porque, en otro tiempo, la usaba con agilidad.  También olvida cosas: asegura haber hecho o dicho algo. No es verdad. Algo pasó con su mente desde que papá murió, pero ella minimiza cualquier síntoma y no ha querido ir con un especialista.  

 

Yo también lo atribuyo a que está cansada, no sé si del día o de la vida. Pero sé que está perdiendo facultades. Así es la naturaleza: te da, te roba. Los años pasan.

 

El miedo persiste. 

 

No quiero que ella, es decir, su memoria, se quede como esa pared que carece de todo y que es la pared que cuando despierto, veo.