TENGO MI MIRADA Y TENGO UN LÁTIGO

Rebil-Koret

Tengo mi mirada y tengo un látigo

 

El látigo no sé de dónde lo saqué

Pero me viene bien

Al igual que las botas lustradas que me suben hasta las rodillas

Y la gabardina en que me enfundo

 

Ya se entiende quién soy

Ya se adivina a qué vengo

 

Para quienes no se explican la manía de hacerse de una biblioteca, de acumular libros para los que probablemente nunca tengamos tiempo

Acá ensayo una respuesta a través de un ejercicio libre y muy sencillo 

 

Tengo mi mirada y tengo un látigo

Eso es todo lo que tengo para ver qué libros resuenan con ello 

 

Leer es una cuestión de placer, básicamente 

El placer de encontrar en medio de tanta carne a tu disposición

A la víctima perfecta

 

Alma de coleccionista

Camino de un lado a otro delante de estos libros; repaso filas, se cuadran, me enseñoreo

El taconear de mis botas irrumpe en su psique, daña sus nervios

Ante mi escrutinio, los hago temblar de miedo

 

Igual que el Julio César militar, me sé los nombres de todos y cada uno de estos bastardos

De qué casa, qué precio, si usado o nuevo 

De un solo latigazo que semeja la lengua del camaleón, atraigo un ejemplar hacia mí, lo husmeo, lo devoro en parte, lo aviento

Me intoxico con su tinta. No es su momento

¿Quién de todos me ayudará a conquistar más sol, más terreno?

¡¿Quién de ustedes?! 

 

Encolerizado, suelto el segundo latigazo al grueso lomo de la Ilíada 

Pero algo sorprendente pasa (o quizá no tan sorprendente, viniendo de quien viene):

El pélida Aquiles, mucho más encolerizado que yo, ha brincado por Homero

Sus amenazadoras y estentóreas palabras me fustigan. Retrocedo 

Su lengua es un hermoso y bien curtido látigo de piel de buey contra el que nada puedo

 

Junto a la intocable Ilíada veo mis Historias de Herodoto 

Recuerdo el pasaje de los trescientos azotes que Xerxes ordenó infligir sobre las espaldas del Helesponto “por haberle éste destruido” el puente de naves que le permitiría entrar a territorio europeo

Tengo mi mirada y tengo un látigo, cierto

Pero nunca utilizaría este último tan insensatamente 

¿Qué clase de rey fue ese? Bien persa que ha de haber andado

Lo que sea, pero no dudo que haya una correlación mágica entre los trescientos azotes y los trescientos hombres que Xerxes derrotó en las Termópilas

 

Al voltear a ver la Biblia, látigo en mano, me veo como un centurión romano en la Vía Dolorosa

A más de dos mil años, no le han terminado de cicatrizar las heridas al de Belén 

¿Cuántos azotes le dieron? Nadie lo sabe de cierto

Hay latigazos que se pueden contar, hay otros cuyo número debe permanecer en silencio

Alguna vez Él mismo empuñó este sinuoso instrumento para sacar a toda la mafia de mercachifles del Templo

A raíz de esto, algunos exégetas interpretan que tales ímpetus de justicia hacia la casa de su Padre se le voltearían y acabarían por arruinarlo tal y como, de hecho, sucedió

Yo digo que hay que tener muchos huevos para establecer una correlación entre eso

 

¡Ahh, su…!, la Erinia Alecto pasa volando muy cerca de mí

No me tiene respeto

Quiero asestarle unos latigazos pero no puedo 

Hace unos quiebres furibundos en el aire que me dejan boquiabierto

Agarro la Orestíada (el mismo libro del que entre páginas salió) y se la aviento 

La derribo  

Ella, se sabe, porta un látigo y una antorcha. O portaba, mejor dicho 

 

Entro directamente a la oscura fortaleza de Vincennes

Bajo unas escaleras de caracol, iluminando mi paso con el crepitante fuego 

Este sí se merece unos buenos latigazos, me trato de convencer, pensando en el Marqués de Sade y en el látigo que le quité a Alecto

Ya se entiende quién soy

Ya se adivina a qué vengo

¡Ahora sí, hijo de tu madre!, me doy valor al encontrarlo masturbándose en cueros 

Procedo a restallarle unos fuetazos en las nalgas en nombre de los no consensuados que él mismo le restalló a mademoiselle Testard 

Pero queriéndolo castigar por sus fechorías, sólo lo excito más

Me voy antes de que él se venga

 

¿Lupus est homo homini?, pregunto a Hobbes

¡¿Homo homini lupus?!, reformulo, ya más encabronado

Non me, non me, responde, Plautus fuit qui dixit

Plitis fiit qii dixit”, repito en tono burlón

Y le doy un pinche azotón de los más vergas por mojigato. ¡Órele, cabrón!

El Leviathán chilla y se escabulle con la cola entre las piernas por los mares de libros

 

Cuando ve que le echo un ojo a sus Sermones, el maestro Eckhart me dice ¡Aguas!

El mismo ojo con el que ves a Dios, es el ojo con el que Él te ve a ti

Desvío mi mirada, sus palabras me infunden miedo

Tomo a Berkeley. Me lo llevo a un lugar apartado 

Le parto su madre a punta de latigazos que rompen la barrera del sonido 

Esse est percipi, le digo, que quede entre nos  

 

Antes de siquiera posar mi mirada sobre el Werther,

Éste ya anda escribiendo en su diario sus penas, fechadas y todo

Sufre a mares, es un azotado de primera. Ni lo miro

Él es el látigo de sí mismo

Schopenhauer es el que más se me pone al tiro

Al abrir sus páginas, nuestros ojos centelleantes se trenzan, libran una batalla para ver quién doblega a quién

No sólo lo miro, en verdad lo admiro mientras él me desprecia

 

Qué pretendo con todo esto

Lo que pretendo, damas y caballeros, es escoger un libro 

Un libro que sea un puente que me lleve a otro libro

 

Por eso compro un boleto en el metro de París

En el vagón me espera Sartre

Viene acompañado de una joven y guapa Simone a la que todos voltean a ver, cosificándola con la mirada 

Mis ojos y los de él se encuentran. Se ve que está emputadísimo 

Me pasa como con Schopenhauer 

Pero tratándose de sostener la mirada, Sartre es el rival más débil 

Su ojo virolo no es su fuerte

El infierno son los otros, masculla entre dientes 

 

Me bajo en la siguiente estación

Extrañas conexiones: salgo directo hacia las calles de Turín 

Incapaz de soportar la insensibilidad con la que un desalmado carretonero fustiga a su pobre caballo que echa bofes por el hocico,

Nietzsche va y lo abraza fraternalmente. Está a punto de que se le fundan los cables 

Lou Salomé y la esposa de Wagner pasan por el lugar y, parafraseándolo, se burlan de él: “Si vas con Nietzsche, no olvides el látigo” 

 

Tengo mi mirada y tengo un látigo

Ya se entiende quién soy

Ya se adivina a qué vengo

 

Abro una de las celdas en que tienen a Dostoievski 

Pero ni mi estribillo ni el chirrido de la puerta parecen amedrentarlo 

Imperturbable, sigue escribiendo las mejores novelas del siglo xix bajo mi látigo 

Está más que acostumbrado a beber el dolor hasta el fondo y servirse de él como fuente de inspiración. Y quién soy yo para reprochárselo 

Al que sí puedo Vigilar y castigar es a Foucault

Y eso sin necesidad de ningún látigo

En un claro ejercicio de poder, mi solo ojo se erige en panóptico que lo mira y constriñe desde lo alto 

 

Mas si de ojos vigilantes se trata

Ninguno como el ojo del Gran Hermano 

Ubicuo, me somete sin yo siquiera mirarlo 

A Bataille no se le puede ver de lejos

Hay que acercarse a él y verlo como a través de una cerradura

Qué es lo que veo

Veo a Jodorowsky, el OJO D’ORO, en mi propia biblioteca

Qué es lo que hace 

Lee la Historia del Ojo

Ha sentido mi presencia, voltea hacia la cerradura

Desde ahí, sin pestañear, lo desafío con mi penetrante mirada 

Pero su ojo es mucho más potente que el mío 

 

El OJO D’ORO sonríe, se acerca a las repisas y toma dos libros

Los arroja al suelo como cartas del tarot

Entonces ahora sí entro intempestivamente

El Ojo de Nabokov y Putas asesinas de Bolaño yacen uno junto al otro

Al instante comprendo el crossover

El Ojo Silva tiene el corazón de una madre

Ha rescatado a dos niños de una red de prostitución 

Qué bello sería también verlo rescatar al profesor Smurov de su fantasmagoría y desorientación y que entre los dos se dieran la oportunidad de fornicar y de pensar después de fornicar si quieren o no formar una familia 

 

En el prólogo a Música para camaleones, Capote escribe:

“Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación”

La autoflagelación, a su vez, tiene por finalidad el perfeccionamiento  

¡OMG!, y yo surtiéndome a todos como si tan chingón  

 

Tengo mi mirada y tengo un látigo

Pero esta vez mi mirada no me sirve de nada y el látigo es de muy corto alcance

Oigo una voz que siembra el miedo en mi corazón

La voz puede ser de Giges o de El Hombre invisible de H.G. Wells, da igual 

El hecho es que me advierte que la Cyäegha no me ha quitado el ojo de encima

Escurriéndose subrepticiamente entre los libros como el repugnante bicho de genética lovecraftiana que es, ha preparado para mí, todo este tiempo, un mal inmenso 

Ya se entiende quién soy

Ya se adivina a qué vengo, aparece de súbito, adueñándose de mis palabras, hija de verga

Estira hacia mí sus tentáculos que caen como la noche y pesan como cadenas 

No muero pero me convierto en el títere de La Oscuridad que Espera

Programado para subir a la Colina Oscura cada noche de luna llena 

Y a la mañana siguiente olvidarme de todos los sacrificios que haya hecho por ella