Tres vientos

Mauricio Montiel Figueiras

Aajej

Aajej: viento en forma de torbellino que sopla en el sur de Marruecos.

 

Dime el nombre

con que te han bautizado en tierra

quienes temen tu llegada

desde antes que siquiera

te anuncien pesadillas

hechas de iracundo polvo invasor.

La palabra

que designa tu fuerza

de gran músculo enemigo

plantado de improviso

cual hiedra venenosa

en el cuerpo de la atmósfera

que vibra y se retuerce

al borde del colapso.

El término

sin el que no serías sino

uno más de tantos torbellinos

que azotan el presente

con ganas de restaurar

un pasado construido a partir

de cosas que se disuelven

y que sin embargo permanecen

firme,

mágica,

misteriosamente

a salvo del olvido

que diseña sus desiertos

con esquirlas de memorias

trituradas por el puño de un sol

siempre exultante.

 

Dime por qué

hay hombres que te aguardan

con cuchillos desenvainados

como si anhelaran penetrarte

y poseerte en lo más álgido

de la vorágine que el deseo

instituye entre las sábanas

ásperas y ardientes

que borda el mediodía

con sus lentas manos de mujer.

Dónde está

el cuadrante en que te engendras

para trastocar la transmisión

de partes meteorológicos

que acaban por volverse

presagios de turbios partos

que habrán de atender

matronas diestras en su oficio

merced a su extensa infecundidad.

Cuál es

el flanco que prefieres

para hincar hasta el tuétano

tu dentadura

de hiena enloquecida,

tu filo espléndido

de sable que raja

la valva pérfida del aire

para dentro de él diseminar

a toda velocidad

las semillas opacas de la vesania.


Dime,

aajej,

a qué se debe

que te hagas llamar

igual que el carraspeo

con que un dios enajenado

se aclara la garganta

antes de poder soltar

de un solo golpe

el bramido letal

de la devastación.

 

 

Bhoot

                                                                Bhoot, del hindi bhut: espíritu o fantasma.

 

No des nunca la espalda al fantasma que te corresponde

por un decreto inmemorial.

 

No pienses que por llegar envuelto

en ropajes blancos e impolutos,

arrancados al parecer

de la bruma con que la mañana

irrumpe en tierra enmascarada de inocencia,

podrá aligerar la carga de negrura

que en vano te empeñas en empujar

mientras asciendes la abrupta ladera

alzada en lo más escabroso

de tu erial interior.

 

No te dejes engañar

si acaso se presenta

oculto tras la piel de un animal domesticado

que te mostró fidelidad

cerrando el hocico

para escamotearte

la furiosa dentadura

que a la menor provocación

se atrancará cual cepo de caza

en la carne blanda de tu corazón

para hacerlo desangrar

al compás de la estentórea sinfonía

de tus aullidos.

 

No sucumbas a su falso encanto

en caso de que elija usurpar

el cuerpo de una mujer

frondosa y rutilante

que aguarda a orillas

de uno de tantos caminos

de que la noche se compone

vestida de novia abandonada

a punto de que se consumen

sus esponsales con la luz

de una luna adulterada

por la gasa tenue de las nubes

que integran

un cortejo tétrico de espectros

a su alrededor.

 

Cuida que la voz

con que pretende seducirte

sea todo salvo una inquieta música nasal,

que sus pies apunten

hacia el frente y no hacia atrás

como si en verdad quisiera

desandar los pasos invertidos

en salir de las tinieblas

a tu encuentro,

que su sombra se imprima

con fuerza de tinta oscura

en el polvo del ahora

y no se esconda

en el terregal siempre impreciso del ayer.

 

No des nunca la espalda al bhoot que te concierne

desde antes que nacieras a un mundo dominado

por las manos del viento que en secreto bordan

el nombre que ni las fieras huestes del olvido

te podrán arrebatar:

en el hálito demente que sopla a contrarreloj

viene enredado como liana atroz el diablo

que acompañará tu errancia eterna

a través de las regiones más infaustas

de la muerte.


Siroco

                                                               Siroco, del árabe saruq: viento de Levante.


 

En la tierra ancestral del insomne.

En el país que ha surgido,

óxido implacable

en la tiniebla.

En el continente donde sacia la saliva el hambre más feroz.

 

En las manos petrificadas del infante.

En la resequedad de la alforja

        que el hombre carga

en su deseo.

En las arrugas del viejo irrigadas sin prisa por el espanto lunar.

 

En los densos arenales del ensueño.

En las dunas que levanta,

áspera, la noche

      hacia su fin.

En el desierto instalado tras la piel ajena al alba.

 

En el ácido aliento de la hija.

En el oasis erigido por la madre

con su llanto

     ominoso.

En el vientre fecundo de la abuela que sucumbe ante la aurora.

 

Cómo ardes,

     siroco,

cómo cundes:

       augurio amargo de la luz.

 

Estos poemas forman parte de Cuaderno del sur, libro de próxima aparición bajo el sello de Mano Santa Editores.