Una última entrada

Yolanda de la Torre

Volver de la muerte para jugar beisbol. Nada más para jugar beisbol. A papá le ilusionaba la idea de regresar de ese más allá en el que no creía, igual que Kevin Costner en El campo de los sueños, sólo para subirse al montículo una última vez y tirar una pelota, una, en grandes ligas. ¡Cuánto disfrutaría las luces blancas encendidas, el fragor de gritos y maracas, la música ascendente, los aplausos del público y las porras de la mascota, la intensa y tensa soledad en la lomita, tan semejante a la del escritor cuando se enfrenta a un párrafo difícil!

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Beisbol llanero en Narvarte. Gerardo de la Torre de pie a la izquierda. Abajo de él, su hermano Paco.

 

Para de la Torre el beisbol era el lenguaje de la vida: una amalgama de estoicismo, inteligencia y estrategia que intentaba enseñar a todos los que amaba (yo supe antes qué era una carrera de caballito que cuánto eran dos por dos y conozco desde niña cómo usar el guante y el bat); era signo y símbolo del inicio de la Historia, cuando los primeros humanos se defendían con piedras y palos de las bestias; y era también, como sus otras pasiones ―la literatura, el cine y la militancia política― una visión del mundo basada en valores de dignidad, justicia y rectitud que se le fue gestando desde pequeñito en Minatitlán, puerto petrolero donde vivió sus primeros cinco años y aprendió los rudimentos del deporte de mano de su padre, quien por entonces era taquígrafo en la casi recién nacida Petróleos Mexicanos. El otro gran amor que le brindó mi abuelo al pequeño Gerardo fue Chaplin

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Izq: Alejandro Ramírez; centro: José Agustín; derecha: Gerardo de la Torre y actriz desconocida.

No fue casualidad entonces que papá se aficionara al beis y al cine y que antes de cumplir dieciséis ya fuera obrero, obligado por mi abuelo a dejar la secundaria y a ingresar a la refinería 18 de Marzo. Nacido en Oaxaca, en 1938, tres días antes de la expropiación, Gerardo de la Torre era el primogénito de tres cuando Francisco de la Torre y Alicia Morales, junto con sus hijos, se mudaron al Distrito Federal a mediados de la década de los cuarenta a un viejo edificio ubicado en la calle de Emparán, entre Edison y Avenida del Ejido, hoy Avenida Juárez, en la colonia Tabacalera. Mi padre y su hermano Francisco solían pelotear en los alrededores, por puro amor al arte, pero no fue hasta 1949, cuando los de la Torre se movieron a la calle de Palenque, entre Obrero Mundial y Río de la Piedad, a unas cuadras del legendario estadio del Seguro Social, cuyo espacio hoy ocupa Plaza Delta, que el joven Gerardo comenzó a tomarse en serio al rey de los deportes. Para entonces ya tenía cuatro hermanos más y Narvarte era una zona de llanos.

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Reencuentro José Agustín y Gerardo de la Torre  en Cuautla. Otoño de 2018.

 

Otra cosa definitiva tuvo lugar ese año: papá conoció a los Ramírez Gómez, que también arribaron a la calle de Palenque. Se hizo amigo de Alejandro, Augusto y José Agustín, novio de su hermana Hilda, y con el tiempo fue novio y esposo de Yolanda, mi mamá. Con ellos sumó los escenarios y la militancia política a sus ya diversos intereses, que ahora incluían la dramaturgia, la poesía y, con influencia de Arreola, el cuento, los cuales exploró como quien practica tochito, después boliche y luego jai alai, deportes a los que también fue aficionado. Los Ramírez y mi padre fueron cercanos el resto de la vida. 

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Margarita, José Agustín y amigos petroleros.

 

A los dieciocho, De la Torre, que era bueno para el twist, el trago y los puños y además un malencarado imitador adolescente de James Dean, ya había pasado de los llanos a parques más respetables y jugaba en un equipo de nuevos valores; si no era lanzador siempre podía ponerse la máscara de cátcher u ocupar decorosamente, con un alto sentido de dignidad deportiva, alguna posición en el jardín o en el cuadro. Para 1956 se desempeñaba con los Diablos de la Casa del Radio como pítcher cuando le hicieron una oferta para jugar en la Liga Central, en alguna sucursal de los equipos de la liga mexicana. Y no quiso. Por única vez en su vida, papá se dejó llevar por el miedo. El miedo al fracaso. 

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Gerardo de la Torre por Augusto Ramírez, el Sun.

 

Hubo una vez en que estuvo a punto de hacer lo mismo, pero no en el centro del diamante, sino en la oficina de Joaquín Diez-Canedo, padre en la editorial Joaquín Mortiz, donde de la Torre había presentado a dictamen su primera novela. Cuando don Joaquín mostró su interés en publicarla dentro de la Serie del Volador, cuyas puertas había abierto a toda una generación de narradores encabezada por José Agustín y mal llamada de la onda, a papá le sobrevino un ataque de pánico de tal magnitud que le suplicó que no le hiciera. Al día siguiente, por supuesto, Gerardo regresó a la oficina de Joaquín Diez-Canedo dispuesto a comerse sus palabras. No iba a cometer la misma estupidez dos veces.

 

Para su alivio, el editor, en vez de correrlo de su oficina, le ofreció una silla y lo puso a elegir un buen título, algo mejor que En la piel del viento. Así vio la luz Ensayo general. Casi al mismo tiempo, apenas unos meses antes, terminaron los años como pelotero de aquel hombre que estaba a punto de dejar la refinería de Azcapotzalco tras dieciocho años para, en un salto mortal, dedicarse exclusivamente a escribir. En medio de todo ello mis padres se casaron, nací yo, ocurrió la muerte de mi madre y se vinieron encima las matanzas del 68 y el 71. La vida había dejado de ser un juego. 

 

De todo ello emergió otro Gerardo de la Torre: uno que nunca más sería un niño, pero que al mismo tiempo había encontrado ya una voz eficaz, sin ripios: su propia lomita para expresar a solas, con un cuidado del lenguaje casi escultórico, una visión del mundo que comenzó a formarse en los llanos que lo vieron crecer y madurar entre los hombres recios del petróleo, quienes con la obra de mi papá ―un escritor emergido de la misma clase obrera― obtuvieron un lugar único dentro la literatura mexicana. Urge que la crítica revalore ampliamente su trabajo, en especial el de los últimos años, que aborda temas más diversos.

Mi abuela Alicia con mi papá, al centro, y su hermano Francisco al lado, en Minatitlán, Ve

Gerardo de la Torre al centro con su mamá en Minatitlán. A la izquierda, su prima Raquel; a la derecha, su hermano Paco. 

Narrador de dos siglos, mi padre dejó atrás más de treinta libros: a clásicos como Muertes de Aurora, que tiene como telón de fondo el movimiento del 68, se suman volúmenes de cuentos como El vengador, Viejos lobos de Marx, La lluvia en Corinto, De amor la llama y más recientemente, La vía rápida, y novelas como La línea dura, Morderán el polvo y La muerte me pertenece, que aborda la eutanasia. Como guionista, de la Torre se sentía orgulloso de Padre Kino y de un Coral, en colaboración con Felipe Cazals que obtuvo por el guion no filmado Los niños de Morelia; como gente de izquierda, de su paso por el Partido Comunista Mexicano y su papel como líder obrero; como maestro, de haber formado a más de cincuenta generaciones de narradores sólo en la Escuela de Escritores de Sogem. Era pleno, libre, gozoso. Hizo siempre lo que le dio la gana.

 

Pero como beisbolista, cerca ya de la muerte, se sentía incompleto. Aunque jugó largos años más como aficionado y aún conservaba, en su departamento de Narvarte ―la colonia de infancia a la que regresó en su madurez― un uniforme de beisbolista al que habría que sumarle un jarrón lleno de pelotas de beis que atesoraba para regalarlas firmadas a sus amigos más entrañables, era un pendiente suyo redimirse por aquellos minutos de cobardía juvenil que lo llevaron a decir que no a su más grande sueño de niño: pararse en el centro del diamante de un enorme estadio de grandes ligas, los dedos tensos sobre las costuras, las luces sobre el rostro sudoroso, la música ascendente, la mirada fija en las señas del receptor, miles de personas atentas a él, listas en silencio para el último tiro… 

 

Hoy, mientras escribo estas líneas con la foto de él cerca, casi puedo verlo: cualquier noche de este 2022  ―durante un partido de grandes ligas o de la liga mexicana, ahora que ya empezaron ambas temporadas―, papá saldrá de vestidores con su uniforme blanco a rayas verdes, los tenis negros, las calcetas blancas, como preguntándose qué hace de nuevo aquí, en esta vida y, al darse cuenta de que se le ha dado otra oportunidad, sorprendido por no estar bajo tierra viendo crecer zanahorias, ateo como era, subirá al montículo con la sonrisa hasta las orejas, bañado por las luces del estadio, mientras otros ocupan su lugar en las bases y el jardín para jugar una, sólo una última entrada.  

 

Seré yo quien reciba la pelota.