Tangenciales
Un discreto culto al fracaso

Carlos Bortoni

A mi padre, quien disfruta remendando toda clase de objetos.

 

1.

Los codos de mi camisola favorita se rasgaron hace algunos días. Se trata de una camisola gris que utilizo por lo menos una vez a la semana. No es la primera vez que se rasga, la tela es vieja y está terriblemente luida. Tampoco es la primera vez que voy con el sastre para que la rescate con parches y costuras que no se oculten, que den testimonio de lo sucedido. Cuando era niño, mi padre hacía lo mismo con mis tenis rotos: buscaba la forma de remendarlos sin importar cuán rotos estuvieran.

 

2.

 

Remendar algo es rendir culto al fracaso. Lejos de ocultarlo, lo exhibe, da testimonio de aquello que no consiguió cumplir su objetivo. Y, a pesar de ello, sin buscar vestirse de gloria, continúa porque sí. Apostando a perder. Sin buscar reconocimiento alguno. Discretamente.

 

3.

 

Cada año se fabrican ciento cincuenta mil millones de prendas. Sesenta y dos millones de toneladas de ropa.
 

4.

 

Ahora las cosas están casi muertas. No se utilizan, sino que se consumen. Solo el uso prolongado da un alma a las cosas.― escribió Byung-Chul Han en su libro ‘No cosas’.

 

5.

 

No se trata de sumar una ‘R’ a la cansada perorata de "reducir, reutilizar y reciclar". No. Nada más lejano del espíritu de quien remienda como tributo al vacío. Se trata de mantenerse a flote haciendo el menor esfuerzo posible. Entregarse a la inercia de las cosas. Dejarse arrastrar por la corriente sin terminar ahogado. Resignarse a la erosión que causa el tiempo sin luchar por mantenerse al día. Sin pretender cubrir con telas nuevas un cuerpo que da cuenta de las huellas que la existencia ha dejado sobre su piel.

 

6.

 

Cicatrices que no se intentan borrar. Máculas que no se buscan pulir. Golpes que lo definen por encima de esa esencia a la que absurdamente nos aferramos creyendo nuestra. El ‘fracasar mejor’ de Beckett sin el espíritu triunfalista que han querido infundirle los emprendedores. El testimonio no de la persistencia, sino de la necedad. De la obstinación que implica continuar en un mundo que nos repele, dando la espalda a la idea de renovarse o morir.

 

7.

 

Hay prendas que se utilizan menos de diez veces y se tiran. Lo que se traduce en 12.8 millones de toneladas de desperdicios textiles que van a parar a los basureros de todo el mundo cada año.
 

8.

 

Me sorprende la facilidad con la que mis congéneres se hacen de objetos nuevos. Independientemente si desechan los viejos o no. No me sorprende por cuestiones éticas. No. Me sorprende el acto en sí mismo. La facilidad con la que pasan de una cosa a otra. Me sorprende —quizá lo envidio— la ausencia de obsesiones que les permite fantasear con la ilusión de novedad. Con la idea de que hay algo nuevo bajo el sol. Algo porque ilusionarse. Me sorprende como lo hace la alegría de los perros frente a sus amos, o el trinar de los pájaros por las mañanas.
 

9.

 

Remendar es abrazar la realidad a pesar de la realidad misma. Insistir en aquello que no se mantuvo a la altura de lo esperado y en aquello que habrá —nuevamente— de hacernos daño. Pero también es dar testimonio del uso excesivo que dota de identidad a los objetos. Remendar no es buscar un remedio, sino chapotear en lo mismo, chapotear con la certeza de que no hay nada más.