Un par de fotos más

David Chávez

Casi el millón de pesos saldría de la venta. Con eso terminaría la casa en la playa y pagaría la carrera de Miguel en el extranjero. “Las políticas en materia de asistencia social son más complejas de lo que cotidianamente se observa, ya que en ocasiones sólo se ve el presupuesto que se dispone y lo que se puede hacer con él, no obstante, no queda comprendida la solidaridad, la amabilidad, la calidad y la calidez con que se atiende a las personas con discapacidad”, dijo al tiempo que fijaba la vista en uno de los asistentes al evento. Luego hizo una pausa y bebió un poco de agua.

 

Cómo le aterraban esas personas. Las veía deformes, inválidas, incapaces de hacer cualquier cosa que no fuera pedir más y más dinero. Quería que lo dejaran en paz, de perseguirlo, de sujetarle la camisa, de chillar: “Señor gobernador, gobernador, señor gobernador, señor gobernador”. Envidiaba a su homólogo del Estado de México, tan bien arreglado, con una trayectoria envidiable: el partido lo elegiría candidato a la Presidencia de la República y él… él debía soportar a esa gente que, como moscas, revoloteaba en torno suyo. Ojalá fuera gente bien, como la que sale a recibir a mi colega, pensó. Hasta a las secretarias las trae locas. Y es viudo. Y no es que reniegue de mi familia, pensó, pero… y depositó el vaso en el atril.

 

“Porque hemos entendido que todos los sectores son parte fundamental de la gran familia mexicana, hoy seguimos siendo una sociedad justa, igualitaria, que en todo momento oferta condiciones de igualdad, y sobre todo procura solidaridad a quienes más nos requieren”, agregó. Terminaría pronto su discurso. Un párrafo más y listo. No podía seguir viendo los muñones cauterizados, los restos de lo que alguna vez fueron miembros ahora amputados que agitaban una banderita con la otra mano, caras surcadas por el dolor y el sufrimiento que intentaban sonreír, aparentar felicidad. 

 

En algunos casos así era. Don Rubén, por ejemplo, tenía más de doce años pidiendo apoyo a candidatos, senadores, diputados, gobernadores, para comprarse una pierna ortopédica. No sería más un mantenido. Puta madre, si pudiera caminar, si tuviera esa pinche pierna no daría más lástima, tendría trabajo. Por eso aplaudía las palabras del señor gobernador y su silla de ruedas vibraba, vibraba con él. Ahí estaba, podía verlas junto con el resto de otros aparatos. Nuevecitas. Una de esas tres, una sería suya y el muñón desaparecería. 

 

El señor gobernador desocupó el atril cobijado por una intensa salva de aplausos. Abrazó al director del CREE, quien fue al atril y comenzó su discurso. “Quiero exhortarlos a seguir luchando, a seguir ejerciendo el valor de la valentía. Las personas con discapacidad son un ejemplo de vida, pues aun cuando muchos además tienen una enfermedad mortal, son capaces de ir más allá de sus capacidades. Por eso impulsó a los presentes que no tienen ninguna discapacidad, como el señor gobernador y nuestros invitados, a buscar la felicidad y colaborar para que otros también la encuentren”, leyó. ¡A güevo! ¡Pinche frase me quedó chingona! Hasta al señor gobernador le gustó. Me lucí. Y Martina no quería que la pusiera. Pinche vieja. Nomás porque es mi esposa y se viene la campaña. Si no, me separaba de ella y ahí sí, a disfrutar con Lorena. Ya sabe que si subo, ella sube conmigo. Tiene futuro. Pero que termine la carrera. Las prácticas son una cosa muy distinta de la vida real. 


El señor gobernador llamó con un gesto a uno de sus acompañantes. El secretario de Atención Ciudadana se acercó discretamente. Dígame, señor gobernador. Mira, ve y dile a Armando que dejen dos piernas y unos cuantos aparatos aquí, los que sean fáciles de poner, para colocarle uno a alguien y que tomen la foto. El resto llévatelo a Casa de Gobierno. A la gente le vas a decir que allá les entregamos las cosas, que va a haber un médico para que se las pongan correctamente. ¿Ya le llamaste al doctor Jiménez? Sí, señor gobernador, dice que si quiere manda por los aparatos ortopédicos a la gente de la clínica en su camioneta. ¿Tiene los logos de la clínica? No, señor gobernador. Bien. ¿Y del dinero, qué te dijo? Que él le hace el depósito en la cuenta de su hijo. Bien. Ahora haz que se calle este cabrón, ya se emocionó mucho. Saquen la foto. Ya me quiero ir. 

 

Don Rubén vio cómo una de las tres piernas y unos cuantos aparatos eran retirados por la gente del gobernador. El discurso del director del CREE acabó, pero don Rubén no se dio cuenta. Seguía con detenimiento el rumbo de esa tercera pierna, la suya quizá. Luego contó con la vista: uno, dos… tres, él era el tercero. Con la pierna se llevaban la posibilidad de retomar su vida. 

 

El gobernador bajaba del templete. Se acercó a la mesa donde estaban dispuestos los aparatos. Don Rubén buscó la forma de acercarse al señor gobernador. Ahora sí me va a escuchar. Puta madre, me cortaron cuando iba a comenzar a echarle flores al señor gobernador. Ni modo. Al menos voy a salir en la foto con él. Eso ya es ganancia. Así de a poquito es la cosa. Lento pero seguro. De aquí me aviento a buscar un cargo en una secretaría. ¿Ahora sí me escucha, doña Roberta? ¡Clarito, señor gobernador, clarito! La gente reía, los periodistas tomaban fotos de la anciana a quien el funcionario le colocaba un audífono. Don Rubén se acercaba. Una, dos piernas. Los discapacitados sonreían como antes don Rubén lo había hecho. Ellos caminarían. Los otros se llevaban su pierna. 

El evento estaba por terminar. El señor gobernador se despedía del director del CREE afectuosamente. ¡Qué chingón, ya me invitó a comer a Casa de Gobierno! Así que, te espero para hablar de varias ideas que traigo en la cabeza. Por allá me tendrá, señor gobernador, no se preocupe. Salúdeme a su señora esposa, que mucha falta hizo hoy. Pendejo. Como si no supiera que jamás le ha caído bien, que todos la ven como adorno. En fin. Ya le he dicho que debe dejarse ver más en eventos, sacar propuestas. Allá ella. Cómo no, de su parte. Saludos a su familia. 

 

El director de Atención Ciudadana se le acercó al señor gobernador. Listo. ¿Para dónde vamos ahora? Tiene una reunión con los ejidatarios de Camino Real. Parece que han preparado comida para después del evento. Luego quieren mostrarle el nuevo sistema de riego por goteo. Bueno, vámonos. Me cago de hambre. Vayan subiendo a los autos, los alcanzo en lo que atiendo a varias personas. 

 

El secretario obedeció y lo dejó solo con la gente que ya se apiñaba en torno a él. Unas cuantas fotos más, se dijo. Y me largo. “Señor gobernador, gobernador, señor gobernador, gobernador, señor gobernador, gobernador, señor gobernador”, escuchaba. Don Rubén estaba muy cerca de él. ¿Debía levantarse, echársele al cuello? No podría con una sola pierna. Tal vez perdiera el equilibro y cayera al suelo. Luego vio lo que podía hacer. Sonrío.

 

“Gobernador, señor gobernador, gobernador, señor gobernador, gobernador, señor gobernador”, coreaban las voces. Se sentía un poco mareado, asqueado de tanta miseria, tanta deformidad. Aguanta un poco, un par de fotos más, se dijo. Luego escuchó una voz que le llamaba con más insistencia que las otras. “Señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador”. 

 

Don Rubén alzó los brazos y con ella la muleta de aluminio, sujetándola fuertemente. Era del otro tipo que, feliz, abrazaba la pierna ortopédica mientras se ponía de acuerdo con el médico del CREE en cuanto al día y la hora en que lo atenderían. “Señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador”, decía la voz. ¿Dígame?, dijo el señor gobernador, y sintió cómo un ardor le invadía el costado derecho. Giró la cabeza y vio a don Rubén alzar nuevamente el artefacto para dejarlo caer sobre su hombro derecho. El señor gobernador gritó, quejándose por el dolor: su clavícula estaba hecha pedazos. Lo último que pudo ver antes de que el siguiente golpe en la cabeza lo privara del conocimiento fue el muñón de don Rubén, quien no dejaba de repetir a cada golpe “señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador, señor…”

 

 

David Chávez (1981, Colima, México)

 

Escritor, lector voraz, profesor, investigador, reportero, editor y corrector, jefe de redacción, especialista en ironía, parodia, minificción, cuento breve, transculturación literaria y uno que otro tema de charla poco común. Actualmente es profesor investigador en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima, y Candidato al Sistema Nacional de Investigadores. Es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción, Chile. Ha publicado Zapping (cuento, 2011) y en antologías de minificción y cuento breve a nivel nacional e internacional. Textos e historias suyas aparecen en revistas y publicaciones como El Universo del Búho (DF), La Jornada Semanal (DF), Barca de Palabras (Zacatecas), Fix100 (Perú) y Litterae Internacional (Chile), entre otras. Ha sido Becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (FECA) Colima 2010 y 2013 en Creación literaria: Cuento. Le gusta andar en bici, el mezcal, el sotol y el whisky; leer de a cuatro cosas a la vez y escribir. Sus amigos y amigas dicen que cocina rico y también practica el tabaquismo. A veces sale a andar en bicicleta pero a los 40 kilómetros pedaleados se cansa.